Lo negro, la luz y lo oscuro entre ambos

Lo oscuro, como umbral replicado de una aventura temeraria.

Aquí, lo negro como oscuro, como sólida puerta representada de un mundo para atravesar, un cierto mundo otro.

Lo oscuro como antípoda del cansancio convencional, un lugar más próximo a los sueños y lo difícil de ver.

Lo oscuro también como modo de nombrar una disposición: la de ir más allá de los que la luz permite, lo que la claridad dice hacernos comprender.

Pero lo negro no es lo oscuro, es más bien su desdoblamiento ficcional: lo que permite llevar quizás la sensación del temor, y del terror, la experiencia indigerible, al pase de luces y juegos ilusorios, unas particulares trampas para los ojos que cuando nos seducen, nos amigan con lo irreparable.

Señuelos y trucos, para no caer verdaderamente.

Aquí las luces extrañas nos abrazan a la incertidumbre y el enceguecimiento, y ver es como no ver, o ver ya no es distinguir, o ver tiene una simultaneidad y vértigo que la comprensión resiste.

Pero lo falso tan explícito ¿comienza a ser querido?

Virtual y real, son palabras que le gustan a Diego Mur, a quien gusta también pensar en algunos límites que puedan dibujarse entre ellas.

Pero son palabras breves para el caso, pues virtual y real nunca acampan como vecinos que se reconocen y distancian. Y no es difícil ver cómo lo imaginario puede acompañar, plegarse, inmiscuirse, insuflar en cualquier totalidad, en toda la escena.

Y virtual y real ya no se desprenden como tallo y raíz, sino que más bien pueden envolverse en un mismo destello fugaz.

Señuelos y trucos, dice entonces el autor.

Como en los bosques de imágenes que pueblan sus pinturas cotidianas, un extenso imaginario refinado, cada vez más preciso en sus tumultos y confusiones, valga la paradoja.

La instalación negra quizás extrema las cosas, en algún sentido las extrema.

Porque compromete al cuerpo de modo descarado y provoca verdaderamente extrema tensión de aceptar o no un juego de engaños que espeja una habitual sospecha: el mundo se prolonga en giros que no queremos perseguir, pues casi nadie desea caminar en pos de su perdición. Aunque quizás la sepamos próxima.

Los juegos de imágenes que fascinan y ocupan tanto a Diego, tienta a continuarlos en juegos de palabras, de sonidos, o de conceptos, como bellas cajas chinas, con la insana curiosidad de querer saber si realmente las cosas tienen fondo.

 

Tulio de Sagastizábal, noviembre de 2009.