Sístole y diástole

(Texto que acompañó el catálogo de la muestra Sístole y Diástole en la Galeria Rubbers de Bs As en 2006)

 

Uno huye como del demonio del deseo de preservación y consolidación de las formas; como huye de la encerrona dialéctica de pensar que está sumergido en una lucha de alternativas.

Hábitos, hábitos, que intuimos que corrompen la vida, y son casi el único espejo de la vida que poseemos.

Salgo de mi casa y voy: ¿hacia la derecha? ¿hacia la izquierda?

Miro tus ojos y digo: ¿te quiero? ¿no te quiero?

Estas obras se hicieron porque caminaba en el espacio que se abre entre el querer decir y una resistencia obstinada a los límites de lo dicho.

Resistencia a la inmortalidad y a la memoria. 

Nadie sabe, nadie supo. No se sabe. 

Quizás sí hubo una escena inaugural: cuando alguien se asomó al borde de un profundo pozo de agua y trató de atrapar la imágen de la luna que se reflejaba en la superficie de lo oscuro; y arriesgó así su caida.

Igual da: una fuerte corriente de necesidad se impone y se hace urgente no enmudecer.

(Un mundo lleno de crueldad, y yo estoy con los pies en el barro).

Ya no pienso en clichés, ya no son un problema: sólo hay clichés.

Entonces compruebo que un artista es quien padece de curiosidad infinita, y hace y debe hacer, por haber encarnado (por qué? para qué?) el ritual del lenguaje y del relato.

No hay aquí oposición, tampoco hay diálogo; no hay dualidad. Uno habla consigo mismo y nunca está en el mismo lugar.

Tampoco se habla: se dice y se escucha, para presenciar el infinito que se abre alrededor.

Estas obras son eso, no agotan ninguna posibilidad, casi ni lo intentaron.

Ocurrieron de este modo, y ahora no acaban nunca.

 

Tulio de Sagastizábal, septiembre de 2006.