Continuo, contiguo

A Luis Freisztav, el Búlgaro, en memoria.

 

Ésta es la continuación de un trabajo de muchos años, un trabajo de seguimiento del gesto de pintar, de su continuidad, de su prolongación y su fluidez.
Confiado en que el devenir del gesto y las imágenes que produce, constituyen, y constituirán, el registro más fiel de una antigua relación: la mía con la pintura.

Un matrimonio acaecido en zonas oscuras del afecto y una memoria todavía infantil, un vínculo perdurable y siempre deseable.

Pero los frutos de esta práctica, de esta relación, dibujan una continuidad que altera lo previsible, de lo que se supone que debe darse como un transcurso ideal. 

La memoria desordena. Es cambiante y fluctúa.
Amamos unas cosas, y luego otras. Nos reconocemos en algunas, pero en otras también.
Vamos hacia adelante, y volvemos hacia atrás.

Como en un cauce de aconteceres impacientes, las imágenes que fluyen, como a su antojo y tan desbordadas, muy decididas en su convicción de establecerse, contruyen a cada paso el curso de lo único posible para mi. Dibujando una cartografía de territorios paralelos, o aledaños, simultáneos, discontinuos, abiertos y expectantes.

Como en un delta tumultuoso y extendido, expresando una naturalez, una radical inmanencia, que al primero que asombran es a su autor.

Todo está allí dejándose ver, presente, como juegos polifónicos de enunciaciones que en verdad, quizás, sólo están pasando por nosotros.

Y sólo también podemos, debemos dejarlas pasar.

Las pinturas se ven, pero nunca su matriz. Tal vez no haya una, sino siempre herencias y raudales.
Y el respirar, como ya se ha dicho.

 

Tulio de Sagastizábal. Mayo 2009.