La vida exterior

(Prólogo a la muestra Outer Life, realizada en 2016 en la Galeria Praxis de N. York)

 

Siempre nos ha sido difícil comprender el ciclo de la creación de las imágenes. Aunque siempre nos habitaron las imágenes, es cierto, pareciera sin embargo que importan de un modo distinto las imágenes que nos proponemos crear, o inventar a propósito.

Quizás porque ocurre que las imágenes que llamamos “internas” no nos despiertan sorpresa, pues son habituales, recurrentes u obsesivas, y trabajan seguramente sobre universos significativos que hemos aprendido a desentrañar, o creído que podíamos hacerlo, y que sobresaltan solamente cuando nos despiertan inquietudes extremas.

Pero las imágenes que nos proponemos hacer, construir, dimensionar y realizar en nuestro “afuera”, en nuestro entorno y como extensión, ampliación y práctica de nuestro suceder, nos colocan en un ambigüo lugar de mediación, cuyas reglas y aprendizajes no dejan de ser jamás elusivos y muy difíciles de comprender.

Porque si bien todo este quehacer pareciera responder a intuiciones e intenciones muy propositivas, nunca podemos sentir un acabado control sobre las imágenes que se deslizan y se erigen de este modo, y no alcanzamos realmente a comprender qué exigen y requieren de nosotros.

Sospechamos pues que nuestro lugar de hacedores y/o mediadores se desplaza hacia un probable y temible rol de instrumentos, de no sabemos muy bien qué y tampoco para qué.

Podemos querer que el mundo sea de algún modo, pero el mundo se improvisa y se reliza a una velocidad y en tan infinitas dimensiones que lo que alcanzamos a apresar es un tibio aliento, un minúsculo fragmento que sólo valoramos en plenitud si comprendemos que es un vestigio muy valioso, quizás el más valioso, porque puede conservar una latencia de lo que está y ha estado vivo.

Seguimos en el río y el río siempre cambia, y nosotros también, pero el fenómeno por repetido no deja de instarnos a resguardarlo de alguna forma, como pócima mágica que logre perpetuar lo que no acabamos de comprender, abarcar y experimentar.

La vida exterior es así una promesa también de un mundo otro, de un futuro próximo o lejano, ya no importa, porque importa la ficción de creer que es por nuestro intermedio que ese tiempo y ese momento ya comenzaron a ocurrir.

 

Tulio de Sagastizábal. Buenos Aires, 2016.

 

 

Outer Life.

 

It has always been hard for us to grasp the cycle at play in the creation of images. Though images are always available to us—it’s true—it would appear that the images we set out to create or to invent intentionally matter to us differently. Perhaps that’s because the images that we call “inner” never surprise us; they are habitual, recurring, or even obsessive, and they engage universes of meaning that we have learned to unravel—or believe we have learned to unravel; they only jar us when they are cause for extreme unease. But the images we set out to make, to construct, to take measure of, and to produce “outside” ourselves, in our environment and as extension, expansion, and practice—part of our process of becoming—put us in an ambiguous place of mediation whose rules and lessons are elusive, hard to grasp. Even though that entire undertaking may seem to reflect bridled intuitions and purposes, we never feel absolute control over the images that come out and take shape in this way; we never fully grasp what they demand or require of us. We suspect that our role as makers and/or mediators has been displaced, that we have quite possibly been reduced to the dreaded role of instrument—we know not of what or to what end. We might want the world to be a certain way, but the world takes shape in an improvised fashion; it is formed in endless dimensions at such speed that all we can grasp is one of its warm breaths, a tiny fragment that we only value fully if we understand that it is a precious vestige, perhaps the most precious of all because it can hold the latency of what is and what has been alive. We are in the river and the river is always changing, as we ourselves change. No matter how repetitive, we are still moved to safeguard that changing river like a magic potion that somehow perpetuates that which we can never fully grasp, encompass, or experience. Outer life is, then, the promise of another world, of a future at hand or distant—it doesn’t matter which, because what matters is believing the fiction that it is through us that that time and that moment have started to ensue.

 

Tulio de Sagastizábal. Buenos Aires, 2016.